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El síndrome del impostor: cuando el logro no convence

  • Foto del escritor: Aitor Farragut
    Aitor Farragut
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura
El síndrome del impostor: cuando el logro no convence — Coatzin Coaching y Mentoring

Hay personas que acumulan logros y aún así sienten que en cualquier momento alguien descubrirá que no son tan capaces como parecen. Que su éxito ha sido una suma de circunstancias favorables, suerte o la generosidad de otros, no el resultado genuino de su esfuerzo y talento. Esta experiencia tiene nombre: síndrome del impostor. Y es más frecuente de lo que suele reconocerse, especialmente entre personas con altas exigencias y un sentido crítico desarrollado.

Este artículo no pretende «curar» el síndrome del impostor con tres pasos ni con afirmaciones positivas. Pretende comprenderlo con algo más de honestidad.

Qué es el síndrome del impostor (y qué no es)

El término fue acuñado en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes para describir una experiencia interna de fraude percibido: la incapacidad de interiorizar los propios logros a pesar de la evidencia objetiva del éxito. Quienes lo experimentan atribuyen sus resultados a factores externos y viven con el miedo persistente de ser «descubiertos».

Es importante distinguirlo de la humildad genuina o de la evaluación realista de las propias limitaciones. El síndrome del impostor no es pensar «tengo áreas de mejora». Es pensar «no merezco estar aquí» a pesar de que todos los indicadores objetivos digan lo contrario.

A quiénes afecta con más frecuencia

Aunque puede aparecer en cualquier perfil, el síndrome del impostor tiende a ser más intenso en personas con alta competencia, entornos muy exigentes o en momentos de transición: el ascenso a un nuevo rol, el inicio de un proyecto propio, la entrada en un sector nuevo o la primera posición de liderazgo.

Curiosamente, cuanto más competente es una persona, más tiende a asumir que los demás también lo son. Lo que la lleva a pensar que no destaca, cuando en realidad sí lo hace.

También aparece con frecuencia en personas que pertenecen a grupos minoritarios en su entorno profesional, donde la sensación de ser diferente puede amplificar la percepción de no encajar del todo.

Cómo se manifiesta en el día a día

El síndrome del impostor no siempre aparece como una crisis visible. En muchas personas se instala como un ruido de fondo que afecta decisiones cotidianas: se evita hablar en reuniones por miedo a decir algo que revele incompetencia, se trabaja el doble para compensar lo que se percibe como una deficiencia que nadie más ve, o se minimiza el mérito propio cuando alguien ofrece un reconocimiento sincero.

No es que no lo sepa hacer. Es que cuando lo hace bien, concluye que era fácil. Y cuando lo hace mal, concluye que es una prueba de que no vale.

Esta doble vara de medir —los errores confirman la incompetencia, los aciertos no la refutan— es uno de los mecanismos más agotadores del síndrome del impostor.

La diferencia entre sentirlo y dejar que gobierne

Sentir el síndrome del impostor no es un problema en sí mismo. Es una experiencia que muchas personas altamente capaces y comprometidas comparten. El problema aparece cuando esa voz interna empieza a tomar decisiones: cuando limita las ambiciones, paraliza ante oportunidades o genera un desgaste crónico por la necesidad de demostración constante.

La diferencia entre ambos estados no está en eliminar la duda —eso no suele ser posible ni necesario— sino en aprender a relacionarse con ella de otra manera. A reconocerla sin obedecerla ciegamente.

Lo que no funciona (y se repite demasiado)

Decirle a alguien con síndrome del impostor que «confíe en sí mismo» o que «recuerde sus logros» suele tener un efecto limitado. No porque el consejo sea incorrecto, sino porque no apunta al núcleo del problema. El síndrome del impostor no es un déficit de información: la persona ya sabe que tiene logros. El problema es que no los integra emocionalmente como propios.

Las listas de éxitos, los ejercicios de autoafirmación o las lecturas inspiracionales pueden dar un alivio momentáneo, pero raramente producen un cambio duradero si no van acompañados de un proceso más profundo de exploración personal.

El papel del acompañamiento

Lo que sí funciona, con más frecuencia, es el trabajo reflexivo acompañado: explorar de dónde vienen esas creencias sobre uno mismo, qué narrativas tempranas las alimentan, qué tiene que ver la identidad con la forma en que se interpreta el propio desempeño.

El síndrome del impostor rara vez desaparece de golpe. Se transforma. Se hace menos ruidoso. Deja de mandar tanto.

Un proceso de coaching bien orientado no promete eliminar la inseguridad. Ofrece algo más valioso: aprender a actuar desde el criterio propio incluso cuando la duda está presente.

El síndrome del impostor es, en cierta forma, una señal de que a alguien le importa lo que hace y tiene estándares exigentes consigo mismo. El problema no es tenerlo. El problema es dejar que defina los límites de lo que uno está dispuesto a intentar.

En Coatzin trabajamos con personas que quieren entender mejor sus patrones, tomar decisiones con más claridad y construir una relación más honesta con sus capacidades. Si reconoces algo de esto en ti, puedes escribirnos desde coatzin.com.

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